Sí, de acera. Soy runner de acera, de semáforo, de escaparate, y hasta de entrar en las tiendas a preguntar por algo... de ir sin rumbo fijo -siempre que sea cuesta abajo- y de salir a correr a horas en las que esté políticamente aceptado recuperar el resuello tomando una cervecita.
Confieso que el título del post es un guiño, descarado, a Extremoduro, y a su canción "De acero" (entre mis 37 imprescindibles del grupo).
Por muchos motivos. Porque su música es lo único que escucho al entrenar -cuando crees que no puedes más, suena, por poner un ejemplo, "Correcaminos", y te pones a sprintar -; porque soy fan, muy fan, tan fan que yo a Robe Iniesta a veces le veo hasta guapo (será la erótica de la genialidad); y porque desde ayer tengo el nuevo disco y estoy monotemática.
Pues yo, como Robe, pero en femenino. De acera soy de la cabeza a los pies. O de playa, o de senda de madera en la montaña... pero de pista de atletismo, parque o polígono industrial, jamás.
Que estoy mal acostumbrada no lo discuto. Empecé a correr (inesperadamente) este verano, en Benicassim, y gracias a mi gurú del running, mi amiga Silvia Capafons.
¿El escenario? un paseo de madera de 4 kilómetros de largo que bordeaba la playa. Todo ventajas. Cada 20 metros, una ducha donde refrescarse, la brisa marina golpeando de lado y el mar a 30 metros, como promesa de chapuzón post-carrera, antes de tomarse un zumo con vistas leyendo el periódico.
En Asturias, encontré el equivalente, aunque en versión norteña, una senda en Soto de Luiña de 5 kilómetros bordeando un río, con techo de abovedado de castaños y aroma a eucalipto.
Y de vuelta a Madrid... a la pista del Canal de Isabel II -a tiro de piedra- que me voy. Y no... No es sólo que los demás corredores me adelantaran a tal velocidad que levantaban corriente y que no era capaz ni de adivinar de qué color iban vestidos... es que me aburría mucho.
Al segundo día, me rebelé y escape por la puerta noroeste del parque... enfilé hacia el norte a trote ligero y así, a lo tonto, llegué a Cuatro Caminos y me descubrí a mí misma.
Feliz, sin asomo de cansancio, fuerte... y muy entretenida.
Desde entonces, cuando salgo a correr lo hago sin ruta fija. Con el iPhone en la mano, los auriculares en las orejas, un metrobús metido en una zapatilla -para la vuelta- y un billete de 10 euros para emergencias en la otra.
Y así lo mismo corro 5 que 8 o 12 kilómetros buscando instintivamente la cuesta abajo mientras descubro rincones semidesconocidos de Madrid, instagreo las fachadas que me flipan cuando tomo aire en los semáforos, le paso a lachicadelaciudad chivatazos de tiendas o garitos de interés para su blog y quemo unas 500 calorías (según runtastic)... De acera soy.
PD.: Madrid escora hacia el suroeste. Pero me da a mí que mientras suene "Para todos los públicos" (ya en mi iPhone) me voy a dar a las cuestas más duras.







